En la realidad de nuestra sociedad, no somos lo que realmente somos o como nosotros creemos, sino como los demás nos ven.
Esa percepción que los demás tienen de nosotros es una confluencia de nuestros actos, lo que hacemos y lo que no hacemos, lo que los demás dicen de nosotros, y finalmente todo ello pasado por el tamiz subjetivo de quien nos analiza.

Por ello a la hora de presentarnos a los demás debe ser sobre la base de la transparencia, de lo que somos, sino al final como dice el dicho “antes se coge al mentiroso que al cojo”. Otra cosa es que al hacer nuestra presentación, hagamos un mayor énfasis en nuestros aspectos positivos, en nuestras fortalezas, y no negaremos nuestras debilidades, sino que simplemente no les daremos relevancia, salvo que sea para poder utilizarlas como una oportunidad.

Al igual que hacemos con la iluminación indirecta de una habitación, orientaremos los focos hacia ese cuadro, ese rincón que queremos que sea luminoso, que destaque, frente a aquellas zonas que quedarán en penumbra, que también forman parte de la habitación pero que al no estar iluminadas pasan más desapercibidas y llaman menos la atención.

La publicidad debe ser el foco que destaque lo positivo de nuestra marca, de nuestro producto. Si en lugar de ser el foco la publicidad se convierte en maquillaje llega un momento que lo que terminaremos haciendo es distorsionar la realidad, algo que si bien puede darnos réditos a corto plazo, a medio y largo plazo terminará pasando factura hasta hacer que a nuestra marca le salgan arrugas y se resquebraje.